Una payasa que lleva alegría a Jordania y a la selva – Fuente: María Ayuso – La Nacion

Vanina Grossi, también titiritera y aprendiz de Patch Adams, regala sonrisas a personas en situación vulnerable

Llegó a hacer títeres de papel con los pies. Fue en Zaatari, uno de los campos de refugiados más grandes del mundo, en Jordania, junto a un nene sirio al que le habían amputado ambos brazos. Los mismos muñequitos que arma en menos de dos minutos, con una hoja y un pedacito de cinta, a los pies de la cama de los hospitales; en cárceles de máxima seguridad; en hogares de ancianos o veteranos de guerra.

Los repartió desde Rusia hasta la selva peruana. Y fue allí, en la zona baja del barrio de Belén, en Iquitos, donde Patch Adams la vio por primera vez entre una decena de chicos necesitados de todo: principalmente, de magia.

Ella es Vanina Grossi, una clown y titiritera de 36 años que hace más de una década decidió dedicarse a su pasión: viajar por el mundo para llevar alegría adonde todo parece perdido. “Busco dejar esperanza y motivación”, asegura esta clown todoterreno en vísperas del Día de la Solidaridad. Y advierte: “Hay que tener la fortaleza necesaria para hacer esto; capacitarse, no sólo para ser buenos artistas, sino buenos acompañantes. Cuando me enfrento al sufrimiento humano, lo que me defiende es mi arte”.

La Risa como terapia

Cuando tenía 23 años, Vanina se fue a vivir a Ciudad de México, donde continuó profundizando los estudios de clown que había comenzado en el Centro Cultural Rojas de Buenos Aires. “De esa técnica me gustaba el mostrarte tal cual sos: ser espontáneo, aceptar tu ridículo, reírte del fracaso, no actuar, sino ser”, resume. En la capital mexicana se vinculó con la asociación Risaterapia (integrada por clowns que van a hospitales) y vio el documental Clowning in Kabul, protagonizado por Patch Adams. “Cuando conocí su trabajo y el de su equipo de payasos en zonas de guerra, dije: «Yo quiero hacer eso»”, confiesa.

En 2008, un amigo la invitó a sumarse como voluntaria a un viaje a Belén, Perú. “Era un proyecto organizado por la asociación de clowns Bolaroja y el Instituto Gesundheit! (que significa «salud» en alemán), fundado por Patch Adams -recuerda-. Fueron cerca de 200 payasos de todo el mundo a esa zona extremadamente vulnerable.” Ahí conoció al médico estadounidense y empezó una amistad que la cambiaría para siempre.

Desde entonces forma parte del equipo de payasos de Adams, quien le encomienda “misiones especiales” que la llevan de Palestina a París. Allí viajó a los pocos días de los atentados de 2015: “Me propuse hacer mil títeres de papel y salí a repartirlos por la calle. Estaba lleno de militares y cuando la gente me veía decía: «¡Por fin algo de positividad!» Era un respiro”.

Con las manos repletas de purpurina (“el gibré está instalado en mi vida”, asegura), mientras abre la valijita que la acompaña a todos lados (un teatrito ambulante colmado de títeres y objetos de papel), dice que la nariz roja es la máscara más pequeña que hay: “La que más esconde y la que más revela. Te permite taparte un poquito, pero deja al descubierto todos los gestos. Por eso el clown tiene un idioma universal: su lenguaje corporal”.

Para ella, cualquier escenario es posible: desde la calle hasta una terapia intensiva. “No busco llevar sólo diversión, sino poesía, teatro. Y sólo si el otro quiere. Aprendí mucho a escuchar: hay personas que no quieren que entres a su cuarto. Y eso no te tiene que frustrar: hay que esperar que el otro desee, trabajar la cortesía y la conquista. Cuando te invitan a pasar, ya tenés la mayoría del territorio ganado.”

Adaptarse a las posibilidades del público es un desafío, no un problema: “Una vez a Patch le preguntaron qué hacer con un nene en coma, y respondió: «¡Son los mejores escuchadores de cuentos!» Siempre hay algo por hacer”, dice.

Su misión es dejar un granito de esperanza en los lugares que visita: desde una sonrisa hasta uno de esos personajes de papel que entre sus dedos cobran súbitamente vida.

“Cuando vuelvo a un hospital o barrio al que fui, siempre hay muchos más títeres que los que dejé: con pelos de algodón, vestidos de gasa o hechos con recetas de los médicos. Que las personas me digan: «Vos me inspiraste» me emociona mucho”, confiesa.

Hace unas semanas, uno de sus amigos fue a hacerle un tatuaje a un hombre en una pensión en San Telmo. Allí reconoció un muñequito de papel sentado en una repisa. Le preguntó de dónde lo había sacado, y el hombre contestó: “Me lo dio una chica en el colectivo porque me vio con cara triste”. Era Vanina. “Yo nunca paro. Si no movemos este mundo en una dirección amorosa, no hay posibilidad de que dejen de existir las guerras y el dolor”, concluye la clown.

Compartió: Viviana Rodriguez Cortejarena – www.vivianarodriguez.comhttp://vivianarodriguezblog.wordpress.com

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1931232-una-payasa-que-lleva-alegria-a-jordania-y-a-la-selva

 

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