La eficacia del trabajo tecnológico, apreciable en el desarrollo de las computadoras, parece justificar actualmente su empleo expansivo en el campo de la educación, incluso en la etapa en que el alumnado inicia el aprendizaje de la lecto-escritura. En un pasado que no ha perdido todavía vigencia, había acuerdo en que debían prevalecer en ese tramo inicial las letras manuscritas, tanto cursivas como de imprenta. Si se compara esa forma de aprender, impulsada por sentimientos fundamentales de la vida infantil, con el empleo temprano de la computación y su incesante desarrollo, se advierte una transición llamativa que partía de los afectos como estimulantes del aprendizaje para luego dar lugar a mecanismos que posibilitan mayor eficacia en la rapidez de la escritura o la facilidad de la corrección.

La evolución merece ser evaluada en sus efectos, porque es indispensable graduar los cambios que se van imponiendo. La inserción de novedades tan significativas requiere un tiempo apropiado de incorporación entre las habilidades que debe adquirir el alumno, y antes de sustituir los recursos es necesario establecer los méritos de unos y de otros. Así, por ejemplo, en el curso de la enseñanza, generaciones atrás, se le daba valor a la caligrafía. En nuestro tiempo, los cambios producidos por una tipografía mecanizada han marginado las habilidades que permitían ser dueños de “buena letra”, útil en las actividades escolares y profesionales.

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Compartió: Viviana Rodriguez – http://www.vivianarodriguez.com

 

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