María Kodama. “Borges decía que nosotros debíamos estar juntos desde vidas anteriores”

Por Natalia Paez – Diario La Nacion.

 

María Kodama dice que escribe desde que tiene memoria. Y, desde que empezó a tener memoria, su vida estuvo ligada a la figura de Jorge Luis Borges. Dice que a los cinco años creó su primera pieza teatral y que también a esa edad almacenó el primer recuerdo relacionado con el escritor. Fue cuando su profesora particular de inglés le leyó los versos de “Two English Poems“. Entonces ella, sin saber que pertenecían al más célebre de los escritores argentinos, retuvo un fragmento: “Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón”. ¿Qué sería aquello del hambre del corazón?

No es fácil adivinar su edad. La tarde de la cita para la entrevista en un bar de Recoleta lleva puesta una remera con la estampa de un tigre y la leyenda “Stay Strong“. Y es así -fuerte, firme- como se la ve a sus ochenta años. Se ríe mucho mientras conversa. Se divierte. Pero se pone seria y tajante cuando una pregunta no le gusta.

Kodama acaba de publicar su propio libro, el primero, Relatos (Sudamericana), ilustrado con pinturas del italiano Alessandro Kokocinski que fueron inspiradas por los relatos. El nombre del artista no es un dato ni una mera elección estética. Fue por una situación dramática vinculada con este pintor que Kodama se decidió por fin a publicar sus escritos. El momento llegó a treinta y un años de la muerte de Borges, quien, según cuenta ella, le había insistido para que lo hiciera. Kodama atribuye esto a la obra del destino, un tema que aparece de modo recurrente en sus relatos.

¿Por qué se decidió ahora a publicar su libro?

La decisión surgió de una manera muy rara. Tuvo que ver con Kokocinski, un pintor italiano que había donado un cuadro extraordinario a la Fundación. Un día me llama mi amigo Fernando Flores, director del Foro Ecuménico Social, a quien yo le había regalado estos cuentos. Me dice que Kokocinski andaba muy angustiado porque estaba quedándose ciego y que quería algo para inspirarse y poder pintar. Entonces me preguntó si él podía darle uno de mis cuentos. Como mis cuentos son tan terribles como las pinturas de Kokocinski, le dije que sí, que se los enviara. Así fue, y resultó. El pintor realizó luego una gran exposición en Italia y en China, con gran éxito. Al cabo de un tiempo, Fernando me contó que Kokocinski estaba muy enfermo y le había expresado su deseo de ver esas obras plasmadas en un libro. Así fue como me decidí a hacerlo. Yo no tenía interés en publicar, pero fue una cosa muy dramática, especial. Sería un monstruo si no lo hubiera hecho.

¿Cómo nacieron estos cuentos?

Yo escribo siempre. Borges quería hacer el prólogo de mi libro, pero yo no quería. Alberto Girri también quería hacerlo, y eso, te imaginás, no iba a permitirlo, menos que menos. A Borges le iba a dar un ataque de celos.

¿Por qué no quería publicar?

Para mí escribir es como bailar. Es la forma de evadirme de la realidad. Yo no tengo interés, nunca tuve interés. Borges se enojaba porque yo no quería publicar.

¿Y qué hacía usted cuando Borges se enojaba?

Cuando él estaba enojado yo publicaba algo, pero en alguna revista. Para darle el gusto. Él me preguntaba: “¿Por qué hace eso?” Y yo le contestaba: “Déjeme que haga mi camino a mi modo, de la misma forma en que usted hizo el suyo”. Ahí cortaba la historia.

Pero ahora que ve el libro publicado, ¿está contenta?

No siento nada. Fue un deber moral cumplido.

¿Borges leyó todos los cuentos?

Leyó algunos. “John Hawkwood”, por ejemplo, y “El dinosaurio”, que le pareció divertido.

¿Cómo era como lector?

Muy exigente. Pero estos cuentos le encantaron.

Como escritora, ¿ se sintió alguna vez incómoda ante la figura gigantesca de Borges?

No, para nada. Nunca. Lo admiraba, como todos. Pero no me cohibía. Yo escribía desde antes de conocerlo.

Usted ha dicho que el primer recuerdo de su encuentro con la escritura de Borges la lleva hasta la infancia, cuando tenía apenas cinco años.

Cuando mi profesora me leyó “Dos poemas ingleses”, yo no entendí. Pero me quedó grabado el verso de “el hambre del corazón”. Para una criatura de cinco años el hambre es del estómago, no del corazón. Entonces le pregunté a mi profesora a qué se refería. Y ella me dijo: “Es el amor”. Durante años esperé saber qué era el hambre del corazón.

¿Y lo aprendió?

No, por suerte no. Porque se refería al amor no correspondido. Y cuando una vivió un amor ultracorrespondido no tiene hambre del corazón. Así que, por suerte, no. Luego, la segunda vez que me encontré con un texto de Borges, cuando tenía diez años, sin saber que era de él, fue en una revista que había en mi casa. Probablemente era Sur. Ahí leí “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”. La primera oración de “Las ruinas circulares”. Sentí algo muy fuerte y me dije: “¿Qué es esto?” Leí el cuento hasta el final, por supuesto, pero no entendí nada. De todos modos, quedé presa de tal forma de ese cuento que si al día de hoy alguien dijera que tengo que quemar toda la obra de Borges para salvar sólo una pieza, yo salvo esa. Estuve años sin saber quién era el autor.

En su libro, usted habla del destino. Y esto que está contando tiene que ver con una mirada suya respecto a cierta predestinación. ¿Cree en el destino?

No lo sé. Borges decía que nosotros debíamos estar juntos desde muchas otras vidas anteriores y entonces teníamos que prometernos reencontrarnos en la próxima. Pero no creíamos, era como un juego. Entonces yo le decía: “Sí, perfecto, nos reencontramos, pero usted sabe que yo soy muy sincera, y en la próxima voy a ser científica”. Y entonces él me decía: “No me diga eso”, porque quería volver a ser escritor.

Otro de los temas que aparece en sus relatos es la finitud de la vida. ¿Cree en la reencarnación?

Bueno, es una posibilidad. Borges me decía: “Si no es así, qué horror, porque no vamos a reencontrarnos”. Y yo creo que sí, que en el infinito las paralelas se unen. Entonces, antes del infinito, nos reuniremos. Yo no pienso en la muerte. ¿Para qué pensarla?

Respecto de su rol como custodio de la obra de Borges, le quedan treinta y nueve años más de derechos, antes de que pase al dominio público cuando se cumplan los setenta años de su muerte ¿Ha pensado en su legado?

Ésa es mi historia. Dejo sin contestación esa pregunta.

¿Se siente atacada?

He sido muy atacada. Me han acusado de usar la figura de Borges. Con ese argumento, yo pienso que también me habrán usado a mí, en todo caso. ¿Quién usa a quién en una relación? Cuando dos personas están juntas, están juntas. El rol de la viuda malvada a mí me entra por un oído y me sale por el otro. ¿Qué me importa? Los que critican son pobres personas. Son personas en las que vos ves la misoginia, ves la misión frustrada, el deseo de ser otra persona. Ves todo lo negativo. Yo nunca he contestado nada a esas críticas. Eso sí, hasta que se meten con la obra de Borges. Eso es otra cosa. Porque es mi responsabilidad.

¿Se siente atacada también como mujer?

Mi padre me crió de una manera muy especial. Para él no existía absolutamente ninguna diferencia entre el hombre y la mujer. Y todo lo que hacía un hombre podía hacerlo yo. Mi padre me hizo libre. Me dijo que a medida que yo creciera, él me iría diciendo lo que le parecía bien o mal, pero que sería yo quien tomaría mis propias decisiones. “Si usted contradice todas mis enseñanzas y yo me doy cuenta de que no es un capricho, sino que realmente es lo que usted siente que debe hacer, va a tener mi respeto hasta el último día de mi vida”, me dijo. Después de eso, ¿quién va a venir a decirme cómo vivir o qué hacer? ¿Te das cuenta? Yo soy libre y eso es fascinante.

¿Por qué dio esa batalla contra Katchadjian? Le pregunto desde lo personal, no ya desde lo legal.

¿Y a vos qué te parece? Alguien que agarra una obra, le cambia palabras, la “engorda”, palabra que a Borges le hubiera horrorizado. Yo soy responsable. Con ese criterio yo agarro la obra de Borges y hago lo que se me canta. La diferencia es que yo tengo todo el amparo de la ley. Hay otros escritores que se han inspirado en Borges a los que no he demandado. Pero lo suyo no fue que “se inspiró”. Agarró el cuento, cambió palabras dentro de la obra y agregó cosas. Pero eso qué importa ahora. Es historia antigua.

¿Esas cosas la ponen furiosa?

No, no. Yo no me enfurezco con nada. Soy japonesa. Tengo otra formación. Actúo porque siento una responsabilidad.

¿Cómo siguió la historia de aquella frase que la marcó de “Las ruinas circulares”?

Fue fascinante. Muchos años después me dieron para prologar un libro de entrevistas que Victoria Ocampo le había hecho a Borges. Era un libro en el que él, que ya estaba ciego, escuchaba la descripción de una fotografía y contaba la historia de esa imagen. En una de ellas, Victoria le dice: “Acá hay una casa?”. Y se la describe. Borges le responde que aquella era la casa de la calle Anchorena en la que había escrito, en una semana, ese relato. Y ahí le dice que ni antes ni después de ese cuento le había pasado de sentir la escritura con tanta intensidad. Y fue esa misma intensidad la que sintió una chica de diez años que no entendió nada pero quedó prendada del texto, presa de ese cuento hasta el día de hoy. Y lamenté tanto que Borges no estuviera, porque fue una cosa maravillosa. Es algo que yo le hubiera señalado como uno de esos hitos mágicos. Le hubiera dicho: “¿Ve? La reencarnación”. La unión de las almas es muy impresionante.

¿Por qué la entrevistamos?

Porque publica su primer libro de relatos después de resistirse a hacerlo aun ante el reclamo de Borges, por cuyo legado vela.

Biografía

María Kodama nació en Buenos Aires, en 1937. Recibida de profesora de Literatura en la UBA, conoció a Borges en 1953, durante un curso que él impartía. Desde 1975, lo acompañó en sus viajes al exterior. Se casan en 1986, poco antes de la muerte del escritor. Hoy se ocupa con ahínco de preservar y difundir su obra

 

Fuente: www.lanacion.com.ar/2080811-maria-kodama-borges-decia-que-nosotros-debiamos-estar-juntos-desde-vidas-anteriores

Compartió: Viviana Rodriguez – www.vivianarodriguez.com / http://vivianarodriguezblog.wordpress.com

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